Clase 2 - Victoria Boggon

 Vivencias de la segunda clase

Las experiencias vividas en esta segunda clase fueron realmente singulares, casi como atravesar un laberinto lleno de puertas, cada una representando una oportunidad única, pero sin un camino claro a seguir.  A nivel personal, me sentí atrapada en esa sala imaginaria, donde el peso de cada elección recaía sobre mí, pero sin tener la certeza de qué dirección tomar. En muchos sentidos, esta incertidumbre reflejaba lo que sentí al ingresar a la clase.

Desde el comienzo, cuando escribimos la frase que mi compañero y yo habíamos elegido, me sorprendió la potencia que tenía al verla plasmada: "Lo mejor de la FADU es que no te deja huir". De repente, esa frase, que había pasado desapercibida en mi memoria, cobraba vida y resonaba con fuerza en la atmósfera de la clase. Era como si las paredes y los muebles absorbieran esa energía, y nos invitaban a afrontar el reto que teníamos por delante. Los bancos dispuestos en fila y el vacío en el centro del aula me recordaron a un cruce de caminos, un lugar donde las decisiones se volvieron inminentes. 

Después del caos de la primera clase, donde todos nos sentíamos desconcertados, desorientados y abrumados, ahora parecía que el tiempo de la confusión había terminado. Nos encontrábamos en un punto donde debíamos tomar decisiones conscientes y avanzar, pero las dudas aún permanecían. Rodeada de compañeros, la sensación de estar fuera de lugar no desapareció fácilmente. Me sentí sola, desconectada, como si estuviera en un espacio que no me pertenecía, trabajando con personas completamente desconocidas. 

Solo mi compañero, con quien había formado un lazo tímido en la primera clase, representaba un punto de apoyo. Pero rápidamente, comenzaron a surgir dudas e inseguridades dentro de mí. Me cuestionaba si mis compañeros tendrían el mismo compromiso, si serían personas con las que pudiera trabajar de manera fluida o si simplemente nos toparíamos con choques constantes.

El aire estaba cargado de incertidumbre, y en mi mente, los prejuicios parecían tomar la delantera. Una vez más, todo parecía desorganizado, sin una estructura clara. Sin embargo, de ese caos nació algo inesperado. A medida que comenzamos a trabajar, lo que en un inicio parecía un obstáculo insalvable comenzó a transformarse en una oportunidad. Nos asignaron una tarea específica, una meta clara a la que dirigirnos, y de pronto, ese objetivo compartido se sobrepuso a todas las dudas y reservas iniciales. Poco a poco, sin que nos diéramos cuenta del proceso, empezamos a funcionar como un equipo. Como piezas que encajan en un rompecabezas, encontramos nuestro ritmo de trabajo, y lo que antes era un grupo de personas desconectadas se convirtió en una máquina colectiva en movimiento. 

Cada uno de nosotros fue descubriendo su lugar en la dinámica del equipo, aportando su propia perspectiva y habilidades, pero siempre de manera armoniosa, sin interferencias ni barreras. Los prejuicios que había sentido al principio desaparecieron como por arte de magia. Así fue como comenzamos a avanzar en la clase, con una claridad renovada. El objetivo de construir algo nuevo a partir del caos anterior nos motivaba, y la confusión inicial quedó atrás. Cada miembro del equipo fue encontrando su rol de manera natural: algunos se centraron en coordinar la comunicación, otros en organizar la estructura del proyecto, y otros, como yo, nos dedicamos a la parte creativa.

Todo fluía de manera orgánica, y el esfuerzo colectivo se materializaba de forma casi espontánea. Esta experiencia me llevó a una reflexión más profunda. Aunque todos venimos de diferentes entornos, con gustos, costumbres y habilidades diversas, nos dimos cuenta de que teníamos un punto en común: la FADU. Este espacio que nos había formado a lo largo de los años era lo que nos unía, aunque al principio no lo viéramos con claridad. De alguna manera, el hecho de haber compartido esa misma trayectoria, haber sido moldeados por las mismas experiencias y conceptos, nos hacía más similares de lo que pensábamos. 

Las ideas preconcebidas que traíamos a la clase se fueron diluyendo a medida que nos reconocimos en los demás, y sin darnos cuenta, la empatía comenzó a florecer entre nosotros. Entendimos, casi de forma instintiva, que salir del grupo o no adaptarse al trabajo en equipo nos dejaría varados en un mismo lugar, sin avance. Fue así como la desconexión inicial dio paso a una conexión genuina. Y al final, en ese espacio compartido, todos queríamos lo mismo: contribuir, dejar nuestra marca en el proyecto. Al ver ese esfuerzo reflejado en mis compañeros, reconocí también mi propio deseo de aportar. Y para mí, ese reconocimiento fue suficiente. Me di cuenta de que, al final, las puertas que antes parecían desconcertantes eran solo el inicio de un viaje que compartíamos, aunque al principio no lo supiéramos.


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