Clase 7 - Victoria Boggon

En la última clase de heurística, la experiencia estuvo claramente dividida en dos partes. La primera me recordó mucho a nuestra primera clase, donde la incertidumbre era la protagonista. Empezamos caminando por el aula, sin una dirección aparente, lo cual me hizo revivir esa sensación de no saber qué esperar o hacia dónde ir. Este ejercicio de caminar sin rumbo fue una manera de reconectar con aquella primera experiencia, pero también de darnos cuenta de cómo, a pesar de la incertidumbre, avanzamos en nuestro proceso.

Después de este recorrido, el ambiente cambió radicalmente. Nos pidieron que nos sentáramos, pero no de la forma habitual en la que lo hacemos en los talleres. Esta vez, los bancos estaban dispuestos como un tablero de ajedrez, lo que creaba una sensación de separación y de ser piezas estratégicamente ubicadas. Este cambio en la disposición me hizo sentir como si estuviéramos entrando en una especie de "sesión de terapia grupal". Nos propusieron escribir sobre un problema detonante en nuestras vidas, un tema que nos afectara y que tuviera varias aristas por explorar.

Decidí escribir sobre un tema que tengo muy presente en los últimos tiempos: mis amistades y la sensación de que algunas personas van quedando en el camino. Reflexioné sobre la autocrítica constante que acompaña estos procesos, sobre las personas que, por diversas razones, dejan de estar presentes, y sobre cómo estas situaciones generan nuevas preguntas e inquietudes. Fue un ejercicio muy personal que me llevó a un nivel de introspección profundo, cuestionando no solo mis relaciones, sino también cómo enfrento los cambios en general.

Una vez que cada uno había escrito sobre su problema detonante, nos reunimos en grupos, como solemos hacer en todas las clases anteriores. La consigna era compartir nuestras reflexiones y elegir el problema más interesante de todas las propuestas. En mi grupo, la discusión fue muy rica, ya que cada persona había elegido un tema diferente, desde cuestiones personales hasta temas más vinculados al ámbito laboral. Al final, nos inclinamos por un problema que generó mucha resonancia entre todos: el confuso rol que juega el diseñador gráfico en el mercado laboral actual.

Este tema me tocó de cerca, es una problemática que ya venía debatiendo desde el cuatrimestre anterior, en un seminario. En muchos de los trabajos que se nos proponen, parece que el diseñador es visto simplemente como alguien que "embellece" las piezas, sin reconocer que nuestra formación es mucho más integral. Hablamos sobre cómo, muchas veces, el trabajo del diseñador se limita a cumplir con encargos rápidos, dejando de lado el aspecto estratégico y conceptual que también forma parte de nuestra preparación. Nos dimos cuenta de que, como diseñadores, no solo resolvemos problemas estéticos, sino que también aportamos soluciones más profundas, que implican análisis y reflexión sobre la comunicación visual, el impacto del diseño y su funcionalidad.

Este conflicto lo viví de manera muy concreta en mi trabajo. Al principio, cuando surgía un nuevo proyecto, yo me enteraba solo cuando ya todo estaba “cocinado”: los superiores ya habían decidido los conceptos y definido los elementos que creían importantes. Mi rol, en ese momento, consistía solo en mezclar esos ingredientes preestablecidos y ofrecerles el resultado final que ya tenían en mente. Era como si mi labor de diseñadora estuviera limitada a ser una especie de “traductora visual” de decisiones ya tomadas, sin oportunidad para aportar desde la base. Con el tiempo y al mostrar mi interés por participar en la concepción del proyecto, fui haciéndome un espacio en esa instancia creativa. Hoy soy parte activa en la “cocina” de los conceptos; puedo opinar, proponer ideas y ayudar a definir los elementos que realmente consideramos importantes. Pero este lugar no se dio de forma automática, tuve que construirlo y ganarlo para demostrar que, como diseñadora que se está formando de manera integral , también puedo aportar valor estratégico desde el inicio.

En varias ocasiones, sentimos que lo que aprendemos en la universidad no siempre se alinea con lo que se nos pide en el entorno laboral. Hay una clara diferencia entre lo que se nos enseña en cuanto a pensamiento crítico y desarrollo conceptual, y la manera en que el mercado a menudo valora solo la parte superficial, por así decirlo, de nuestro trabajo.

Esta actividad grupal fue muy reveladora porque nos permitió poner en común nuestras experiencias y frustraciones, pero también nos dio la oportunidad de reflexionar sobre el valor real de nuestra profesión. Llegamos a la conclusión de que los diseñadores no deberían ser vistos solo como "decoradores" de lo visual, sino como profesionales con la capacidad de aportar soluciones más profundas y significativas en el campo de la comunicación y el diseño.

En definitiva, esta clase me dejó pensando en cómo los problemas, lejos de ser obstáculos, son oportunidades para generar cambios y mejoras. Tanto en el ámbito personal como en el profesional, los problemas nos invitan a reflexionar, a cuestionar lo que damos por sentado y a buscar nuevas maneras de abordar las situaciones. En mi caso, la reflexión sobre mis amistades y sobre el rol del diseñador en el mercado laboral fueron dos caras de la misma moneda: ambos temas me llevaron a replantear mis enfoques y a buscar una comprensión más profunda de mis relaciones y mi profesión. Esta clase me dejó con la sensación de que los problemas, más que algo que nos frena, son motores que impulsan nuestro crecimiento y desarrollo.



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