Carmela Vazquez - Clase 11

 La clase 11 nos introdujo un concepto que, aunque parecia sencillo, nos situó en una reflexión un poco más compleja: el "juego social". En este juego, cada uno de nosotros tiene un rol en el que participamos de manera interdependiente con otros. Como estudiantes de diseño, estamos en transición hacia ser profesionales en un campo donde nuestras decisiones están influenciadas.

Durante la actividad, planteamos preguntas que apuntaran a comprender mejor este juego social. En particular, elegimos una pregunta que quedó formulada de la siguiente manera : “¿las estructuras de poder, guían o limitan la labor del diseñador?”. Esta pregunta me hizo pensar en cómo muchas veces, incluso dentro de las prácticas académicas, nuestros proyectos se ven condicionados por criterios de evaluación o las expectativas de nuestros docentes. Es decir, aunque creamos desde nuestro propio criterio, estamos participando de un esquema donde otros actores también tienen influencia en nuestro proceso y eso me lleva a pensar y reflexionar ¿Cuánta libertad creativa realmente tenemos cuando trabajamos en equipo o para un cliente, y hasta qué punto adaptamos nuestras ideas a las expectativas de otros? ¿De qué manera podemos encontrar un equilibrio entre nuestro propio criterio y las demandas de otros sin perder nuestra autenticidad e identidad como diseñadores?

A medida que debatíamos en clase, surgió una visión interesante sobre nuestro rol en este sistema. No solo somos creadores visuales, sino mediadores, personas que conectan ideas, resuelven conflictos y encuentran formas de expresar visualmente los valores de un proyecto. Esta función de mediación es un desafío constante porque, como en toda relación de equipo, nos encontramos con la necesidad de adaptarnos a los objetivos de otros, sean clientes, superiores o compañeros de trabajo.

Por otro lado, el diseño gráfico no es solo estético, sino funcional y social. Parte de nuestro rol implica responder a necesidades y demandas que, a veces, pueden no coincidir con nuestra visión creativa, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué nivel de autonomía podemos esperar en este contexto? 

En estos casos, enfrentamos el desafío de conciliar lo que queremos expresar con lo que el contexto o el cliente demanda. La autonomía en el diseño es relativa y depende en gran medida de factores como el tipo de proyecto, las expectativas del cliente y las condiciones de tiempo / recursos. Por ejemplo, en un proyecto comercial, nuestro trabajo está orientado a cumplir ciertos objetivos, como captar la atención del público o promover un producto, lo que limita en cierta medida nuestra libertad creativa. Sin embargo, estos límites no tienen por qué ser negativos; aprender a operar dentro de ellos es parte de nuestro desarrollo profesional. Al adaptarnos, desarrollamos habilidades para negociar nuestras ideas y encontrar maneras de incorporar nuestro estilo personal sin sacrificar la funcionalidad del diseño.

En conclusión, este juego social, lejos de ser un obstáculo, es una oportunidad para que entendamos nuestro papel y mejoremos nuestra capacidad de adaptación.Nos permite movernos entre límites, entender la relevancia de cada rol en el equipo y, sobre todo, aceptar que el diseño es un proceso colaborativo. Al asumir esta perspectiva, reconocemos que nuestra responsabilidad va más allá de lo individual: nuestras decisiones afectan al equipo y al proyecto en su conjunto. Así, trabajar en un entorno de colaboración nos enseña a equilibrar nuestra visión creativa con las necesidades y aportes de los demás, enriqueciendo el proceso y el resultado final.

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