Clase 11 - Victoria Boggon
En la clase número once, el tema a tratar fue el "juego social" y el rol que cada uno de nosotros desempeña en él como estudiantes, casi diseñadores gráficos.
Esta teoría, introducida en una presentación teórica, nos situó como actores en constante adaptación, capaces de adoptar roles específicos y, a veces, incluso de convertirnos en mediadores. En este sistema complejo, el diseño no ocurre en el vacío, se desarrolla en un contexto social y profesional donde operan estructuras de comunicación y poder. Como diseñadores gráficos, formamos parte de un entramado en el que la interdependencia, la simultaneidad, y la historicidad definen nuestro rol y nuestras decisiones.
Durante la clase, se nos invitó a reflexionar sobre nuestro papel en este juego social y a crear preguntas que nos interpelaran personalmente sobre nuestra práctica. La pregunta final elegida y reformulada por el grupo fue: “¿Las estructuras de poder guían o limitan la labor del diseñador?” La pregunta toca un punto crítico, ya que, en muchos contextos, los diseñadores no son los responsables finales del proyecto, sus decisiones dependen de las directrices de un superior o de los deseos de un cliente, quienes suelen tener el control y dictar las prioridades. Esto plantea una dualidad: ¿es el diseñador solo un "ejecutor visual" o puede realmente aportar valor estratégico en el proceso creativo?
Esta tensión la experimenté en mi trabajo. Al inicio, cuando surgía un nuevo proyecto, solo me enteraba de él cuando ya estaba avanzado y las decisiones importantes ya se habían tomado. Todo lo que debía hacer era trabajar con los elementos que otros habían decidido relevantes y darles forma visual. No se esperaba de mí ninguna aportación estratégica ni conceptual, solo era el último eslabón del trabajo, la que les daba el resultado que ellos querían. Con el tiempo y al demostrar mi capacidad para analizar y aportar ideas, logré hacerme un lugar en esas etapas iniciales, y hoy participo desde el comienzo de la pieza o proyecto, contribuyendo a que la propuesta visual esté alineada con el propósito general desde la concepción. Pero fue un lugar que tuve que ganar y defender, y aún en algunos proyectos siento que ese espacio es frágil, condicionado por quién lidera la decisión final.
Para otros compañeros, la reflexión sobre la interdependencia y la simultaneidad en el trabajo grupal se manifestó de forma parecida. Todos conocemos el desafío de delegar tareas en un equipo de trabajo, donde existe siempre una tensión entre confianza y responsabilidad. Delegar, decíamos, es como tirarse a una pileta sin saber si está llena de agua o vacía. Y este “riesgo” se vuelve palpable en el ámbito laboral, donde muchas veces dependemos de otros para cumplir con un proyecto en tiempo y forma. Por ejemplo, cuando en un equipo de diseño uno de los integrantes no cumple su parte o la entrega incompleta, los demás deben hacerse cargo, porque en el diseño la interdependencia es inevitable: el trabajo de un miembro afecta directamente al resto. En este juego social, nuestro rol se ve forzado a adaptarse, y muchas veces terminamos haciendo tareas adicionales o modificando el alcance de nuestro trabajo.
Otra de las conclusiones importantes que sacamos fue que el diseñador gráfico no solo cubre necesidades estéticas o visuales, sino que responde a demandas y objetivos específicos del cliente o del contexto. Sin embargo, al estar subordinados a estructuras de poder, estas necesidades pueden verse afectadas por intereses que no siempre coinciden con nuestra visión o valores. Esto nos convierte en mediadores, obligados a negociar entre lo que queremos expresar como diseñadores y lo que el cliente, como promotor de la idea, espera de nosotros. Recuerdo una ocasión en la que, tras proponer un diseño en el que realmente había puesto todo mi criterio y mi creatividad, el cliente me pidió cambiar los elementos más distintivos. Al final, mi propuesta original quedó muy diluida. Fue un momento que me hizo entender el delicado equilibrio entre creatividad y satisfacción del cliente, y lo que significa ser flexible sin perder la identidad propia en el proceso.
Como conclusión de la clase, me quedó claro que analizar el "juego social" desde la perspectiva del diseño nos permite entender mejor nuestro lugar como estudiantes en transición a profesionales. Muchos de nosotros estamos ya trabajando en el ámbito, y estos cuestionamientos no son solo teóricos, son reflexiones que surgen de experiencias reales, donde la dinámica de poder y la necesidad de cumplir demandas afectan nuestra práctica. Preguntas como “¿cuánto vale mi opinión frente a la de un cliente?” o “¿de qué forma la estructura laboral condiciona mi aporte creativo?” nos invitan a pensar más allá de lo visual y a reconocer las implicancias de nuestra posición en este sistema social.
Al final, este juego social no debe verse como un obstáculo, sino como una realidad inevitable que podemos aprender a manejar. Entender nuestras responsabilidades, nuestros límites, y el valor de nuestro conocimiento es parte del proceso de crecimiento. Participar en este juego es una oportunidad para reconocer la interdependencia del diseño con otros actores y sectores, aceptar que nuestras ideas no siempre prevalecerán, pero que nuestro rol como mediadores nos permite encontrar un equilibrio y construir valor de manera conjunta.
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